Una diferente era

 Pueden pasar los minutos y mis dedos se quedan suspendidos, como si escribirte fuera apenas una excusa para seguir pensándote. Trato de conocerte con lo que leo de ti, y aun así sigues siendo un enigma… uno de esos que no se quieren resolver de golpe, sino despacio, como quien se acerca sin prisa a lo que desea.

Paso el tiempo mirando la pantalla, pero no es solo espera… es una especie de latido contenido, aguardando ese sonido que llega como un susurro y me recorre, como si tu voz encontrara la forma de tocarme desde lejos. Y entonces aparece: un mensaje tuyo… y todo se acomoda.

Quiero que dejemos atrás las letras breves y los silencios digitales, y pasar a ese otro instante donde la distancia ya no existe. Imagino tus dedos entrelazándose con los míos, reconociéndose, mientras al principio callamos… no por falta de palabras, sino porque hay miradas que prefieren hablar primero. Y luego, casi sin darnos cuenta, las bocas se sueltan, y ese río de ideas, de historias y de anécdotas nos envuelve, acercándonos más de lo que pensábamos posible.

Lo nuestro habita en dos mundos: en el de la inmediatez y en el del deseo. Es un amor moderno, sí… pero también tiene algo antiguo, algo de esos cortejos que se escribían con cuidado. Solo que ahora son mensajes los que nos construyen, palabras que, sin tocarse, ya saben a historia.

Pueden pasar los días, y en mí siempre ocurre lo mismo: llegan tus palabras, tibias, cercanas… y mi sonrisa aparece sin permiso, como si ya conociera la forma de la tuya. Y ahí, en ese gesto que no puedes ver pero que sabes que existe, te respondo… desde este lado de la pantalla, donde ya empiezo a imaginarte demasiado cerca.


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