Verdad

 Hay mujeres que nacen con la extraña virtud de parecer eternas.

Llevan luz en la mirada, calma en la voz y esa delicadeza capaz de reconstruir un corazón incluso en medio del cansancio.

Pero cuando una mujer se convierte en mamá, algo en el universo florece distinto.

No deja de ser ella: sigue siendo sueño, fuerza, belleza y camino propio; sólo que ahora su amor aprende a multiplicarse hasta volverse refugio, abrigo y destino para alguien más.

Ser mamá no disminuye a la mujer que era, la vuelve inmensa.

Porque mientras sostiene una pequeña vida entre sus brazos, también sostiene el tiempo, la esperanza y la ternura del mundo entero.

Y quizá ahí viva su magia más profunda:

en ser capaz de entregarlo todo sin perder su esencia, haciendo que su corazón valga el doble… porque late por ella y también por quienes ama.

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