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Dudas

  ¿Qué pasa cuando el que habla soy yo y mis palabras no tienen sentido para ti? ¿Qué pasa cuando mis ideas no son como las que tú quieres y terminas ignorándolas? ¿Qué pasa cuando las realidades de ambos no son las mismas, a pesar de que vivimos lo mismo? ¿Qué pasa cuando el corazón se cansa y ya no puede mantener con vida las ideas? ¿Qué pasa cuando muestras tus sentimientos y la persona que está enfrente ni siquiera con palabras los entiende? ¿Qué pasa cuando te cansas de latir por alguien y solo esperas que ese tiempo termine? ¿Qué pasa cuando la razón, la costumbre y la necesidad te hacen quedarte ahí? Y lo peor de todo: ¿qué pasa cuando por fin te haces entender y ella siente y piensa que tú eres el culpable de todo?

Adiós 1.0

Déjame tocar la punta de tus dedos como el último gesto que nos queda entre nosotros. Deja que sea ese puente donde se disuelven los sueños y nacen otras realidades que ya no nos pertenecen. Dame ese segundo, dámelo todo en un instante, dame esa chispa, aunque me consuma, dame ese último respiro tuyo para guardarlo en mi pecho, para poder seguir adelante, para poder vivir un día más, sabiendo que ya no somos uno, que volvimos a ser dos desconocidos.

Mapas

Vamos a empezar por los dedos de tu pie izquierdo y aquella pantorrilla que, aunque delicada, es fuerte, protegida por aquella serpiente que sólo le da vuelta y te mira de frente. Acariciaré poco a poco tus rodillas, subiendo la intensidad, buscando entrada en el laberinto de figuras, de grecas y de estilos. Me encanta quedarme ahí, pero seguiré en mi camino por ese mapa que es tu cuerpo. No me salto nada, pero dejo lo mejor para el final. Me concentro en un ombligo. Se siente también tocar lo que es tuyo, como si cada trazo guardara una historia que sólo mis manos comienzan a entender, que de un lado tiene una mariposa y del otro lado, una flor, aquella dualidad de libertad y belleza que no me dejan respirar tranquilo. Toco los dedos de tus manos. Vamos al mismo tiempo y siento cómo reaccionan al cerrar los puños. Subo poco a poco por tus antebrazos, tus codos, tus hombros y todas las calaveras que hay en tus brazos. Me voltean a ver esas flores que tanto me gusta acariciar, que me de...

Algo que quiero

Quiero que me recuerdes sin palabras,  o que uses aquellas que no recuerdas, esas que desconoces y que, aun así, reflejan la sombra en la que me convertí después de no decirlas. Quiero que me compares con la noche:  fría, solitaria, inmóvil,  pegada a tu piel como un silencio que no se va,  y que entiendas que de este lado  también se siente…  pero aquí el dolor arde lento, como un cuerpo que no encuentra descanso,  y se sufre más de la cuenta. Quiero que me olvides minuto a minuto,  no quiero ser ni un recuerdo.  Quiero convertirme en un viejo suspiro,  de esos que se escapan entre los labios cuando ya no queda nadie,  en un anhelo perdido,  en una sonrisa que tiene miedo. Quiero no ser nada en tu vida,  ni siquiera la huella tibia que deja una noche compartida,  quiero ir gritándolo por todo el mundo. Quiero que tengas esa sonrisa…  esa misma que tenías antes de que yo te dijera: hola, mucho gusto.

Otros deseos

Por qué duelen tanto las palabras cuando llegan sin ser llamadas, cuando irrumpen como ecos que no pediste, por qué esas conversaciones interminables se transforman en heridas que no cierran, en recordatorios de un dolor que jurabas enterrado. La memoria no olvida, acecha. Se queda ahí, suspendida, esperando escuchar lo que ya no existe, aferrada a la ilusión de que todo puede regresar, de que basta una palabra para reconstruir lo perdido… aunque en el fondo sepa que no. Y luego están las otras palabras, las que sí llegan, las que cortan. Las que se clavan y dejan a la memoria temblando, deshecha, y al corazón latiendo fuera de ritmo, como si ya no reconociera su propio pulso. Pero lo más oscuro no es el error, ni siquiera el momento en que lo comprendes. Es el silencio que viene después. Porque entonces descubres que la ausencia de esas palabras, de esas que nunca volverán, no sólo duele… consume.

Pan

En este momento quisiera decirte tantas cosas que tengo en mi mente, en mi corazón; poder explicar esos pensamientos que provocas tú en mí y buscar la manera de expresar con palabras los sentimientos que provocas, mientras yo avanzo un paso y la concha se queda frente a mí, tibia, esperando. La sostengo entre mis manos, sintiendo su suavidad ceder apenas al contacto, pero en realidad eres tú en esa forma, mirándome sin decir nada, dejando que sea yo quien descifre lo que escondes. Muchas veces me encuentro perdido, queriendo encontrar las palabras perfectas para que suenen como yo quiero que suenen y que tú las entiendas como deben de ser, y entonces te veo girar como un rol de canela frente a mí. Me acerco, siguiendo ese trazo en espiral con la mirada, con la intención, dejándome llevar por cada vuelta que das, como si cada una me acercara más a ti. Muchas veces quiero ordenar mis pensamientos y mis sentimientos en una sola línea, pero contigo todo se curva, todo se enreda… y aún así,...

Gustos cósmicos

 Se miraron como dos cuerpos celestes que aún no entienden su propia órbita… cercanos, pero contenidos, como si una fuerza invisible —quizá su propia gravedad— decidiera cuándo comenzar el viaje. Sus manos fueron cometas tímidos, rozando apenas la atmósfera del otro, dejando una estela suave, luminosa… casi temblorosa. No había prisa, sólo esa sensación de estar entrando en un sistema nuevo, como quien descubre por primera vez los anillos de Saturno, sin saber si tocarlos o simplemente admirarlos. Sus respiraciones se alinearon como planetas en conjunción, y en ese instante breve, infinito, todo pareció detenerse… como si el tiempo, ese viejo astrónomo, quisiera observar también. Y entonces, sin palabras, ocurrió el primer eclipse: uno cubriendo la luz del otro, no para apagarla, sino para sentirla más cerca… más profunda. Fue un inicio pequeño, casi imperceptible, pero en su interior… ya ardía como una estrella recién nacida.