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Verdad de mujer

  En el norte aprendí que el amor no se adorna, que las palabras son pocas y caminan firmes, como manos curtidas que saben recorrer sin temblar. Dicen “quédate” mirándote de frente, y esa voz seca, apenas pronunciada, arde más que cualquier juramento dulce. Hay mujeres que besan como el viento del desierto: directo a la boca, directo al pulso, dejando en la piel una sed que no se apaga fácil. En el sur descubrí que el amor abraza antes de hablar, que la risa se desliza tibia por el cuello y el cuerpo entiende el lenguaje del roce lento. Allá el cariño no pide permiso, se acerca, respira contigo, y cada mirada baja despacio como una caricia anticipada. Sus brazos son casa y tentación al mismo tiempo; uno aprende que el deseo también sabe a fruta madura, y que hay besos que no sólo se dan… se quedan viviendo bajo la piel. Pero en cualquier latitud de México, la mujer mexicana guarda un fuego antiguo en los ojos: firme como montaña, suave como lluvia sobre el pecho. No importa si vi...

Sin diferencias

  Sé que escondes tu risa cuando dudas de tu cuerpo, como si el espejo pudiera oír tus pensamientos; yo también conozco ese pudor que arde en la piel, ese deseo de cubrirme cuando en realidad quiero ser mirado. Tú recoges tus vergüenzas como ropa tibia al amanecer, yo disimulo las mías detrás de una calma ensayada, pero mis manos también tiemblan cuando imagino que podrías recorrerme despacio. Nos reconocemos en ese rubor compartido: tu inseguridad respira contra la mía, y aun así me acerco, porque tocar tu miedo con el mío no es invadirte, es aprender la forma exacta en que dos cuerpos se entienden antes de atreverse a unirse. No quiero una versión perfecta de ti, quiero la verdad suave de tu piel dudando, como yo dudo cuando pienso que podrías conocerme sin defensas. Me asusta que veas mis grietas del mismo modo que te asusta abrir las tuyas, y sin embargo deseo quedarme: hacer de ese temblor un idioma íntimo, un lugar donde tu vergüenza y la mía se rocen sin prisa hasta volver...

Nocturno 02

  Amaneció otra vez, pero la luz llegó herida, mirando las nubes como si escondieran tu silueta todavía tibia en mi memoria. Confundo el beso del viento con el perfume de tu aliento y dejo caer, sin miedo, el pudor del desnudo matutino: tu piel extendida como un lienzo prohibido donde mis ojos caminan descalzos. A la sombra del reflejo eterno del espejo te vuelvo a tatuar con besos, lentos, como si cada marca quisiera quedarse a vivir. Recorro con la mirada tu cabello, hago pausas con los dedos, desciendo hasta el temblor secreto de tus dedos pequeños, esos que por las noches aprendieron a quedarse quietos mientras el deseo nos muerde despacio. Así, con furia contenida te beso, con fe ciega te siento, y te encierro en mi mente como se guarda un incendio. Sin preguntar te llevo a mi pasión ardiente, donde tu cabello se mueve al ritmo oscuro de la luna, perdiéndose en el cielo como una promesa que arde. Y sólo en el mar eterno encuentra su reflejo: dos sombras besándose tímidas ...

Destino 2

Ya pasan los cuarenta y el cuerpo vuelve a hablarle en un idioma que él reconoce. No grita — le susurra con fatiga espesa, con un frío que nace adentro aunque el día esté tibio, con ese hierro leve en la boca al amanecer y el peso invisible en los huesos, como si alguien hubiera movido la gravedad un centímetro. Reconoce el mapa. Ya caminó estas habitaciones blancas, los pasillos que huelen a desvelo, la silla donde el tiempo se sienta a mirarlo. Le cuesta respirar sin pensar en la caída, y aun así se dice quédate, se mantiene de pie: lámpara que parpadea y se niega a apagarse. Sabe que vendrán días de vidrio y sabor a metal, cabellos rindiéndose en silencio, noches largas como pasillos sin ventanas y el cansancio mordiendo despacio. No hay sorpresa, sólo ese peso antiguo regresando a vivir bajo su piel. Aun así junta cada fragmento de sí como quien recoge vidrio sin sangrar, guarda luz, guarda paciencia, y avanza — oscuro, lento, temblando — repitiéndose que ya volvió del mismo invier...

Duro

 La ruptura fue corta en calendario y eterna en el cuerpo. Un amor que duró lo suficiente para aprender su temperatura y lo bastante poco para no saber cómo apagarlo. Desde entonces no duerme sola. Sus demonios se mudaron sin pedir permiso. No traen fuego ni cadenas: traen recuerdos con dientes. Viven en las esquinas de su cuarto, sentados como huéspedes antiguos. La tristeza le peina el cabello por las noches. El enojo le afila la lengua en silencio. La soledad se acuesta sobre su pecho y le enseña el peso exacto de un corazón que insiste en latir aunque preferiría quedarse quieto. Cuando alguien le habla, a veces no responde ella. Habla el demonio que guarda la última vez que se tocaron. Habla el que repite su nombre como una oración rota. Habla el que aprendió a sonreír para que nadie sospeche que adentro hay una casa incendiándose despacio. Con el tiempo dejó de huirles. Aprendió sus horarios, sus hambres, la forma en que respiraban dentro de su pecho. Ya no la arrastran: camin...

Tablas

 Me quedo con las ganas de seguir tu silueta en los cuartos vacíos, con el eco de tu risa chocando contra mi orgullo malherido; tú te quedas con las ganas de jugar con mis ganas, de encenderme y apartarte, como si el deseo fuera un juguete tuyo. Yo cargo el peso de lo que no te dije por no arrodillarme, tú te llevas la certeza de que aún temblaba por ti, y en ese intercambio injusto los dos fingimos que ganamos algo. Me quedo con tu ausencia caminándome por dentro, con esta pasión domesticada que no acepta jaula; tú te quedas con mi hambre suspendida en la memoria, sabiendo que nadie va a mirarte con mi incendio. Yo conservo el orgullo de no llamarte, pero también la herida de querer hacerlo, y tú te marchas con la vanidad intacta de haber sido tormenta… y no refugio.

Temporal

  La besaba con la urgencia de quien sabe que está perdiendo,  mi cuerpo sacudido por un amor que dolía al respirarlo;  no dijimos nada, porque la verdad ya sangraba entre los dos:  éramos un error hermoso condenado a durar un instante. Su cuerpo, perfecto como una herida abierta en la memoria,  su alma limpia, cruelmente intacta frente a mi ruina, y toda esa pureza ardiendo en mis manos era pasión, pura pasión desgarrándose viva. La abracé sabiendo que el final ya nos estaba mirando,  y aun así temblamos como si el mundo dependiera de ese choque; efímeros, sí, y por eso más salvajes, amándonos con la furia de lo que no tiene mañana. Su belleza me atravesaba como una despedida interminable,  su luz era un cuchillo dulce que no quise esquivar, y en el silencio donde murió nuestro nombre, quedó sólo el fuego… y el fuego dolía.

Silencio

Qué hay después de ti? ¿Existe algo más allá de tus ojos, o el mundo termina en su recuerdo? Miro los paisajes y sé que continúan ahí, intactos, cumpliendo su promesa de belleza. Pero llegan a mí como si los observara a través de un vidrio antiguo: distantes, silenciosos. Quizá algún día vuelva a distinguir de qué color es el cielo, de qué color se abren las flores, de qué tono respira el desierto; hoy todo parece cubierto por una claridad que no me toca. Las estaciones avanzan con una calma que no pregunta por nadie. Las flores regresan a su sitio. Las lunas crecen y se apagan con la paciencia de lo eterno. Y en medio de ese orden que no me necesita, el sonido de tu palpitar permanece en mi mente, tenue pero constante; el calor de tu mirada, la brisa que fue el recuerdo de tus manos… todo reposa en mí como una luz que no alumbra, pero tampoco se extingue. No hay regreso en ese resplandor. No hay promesa escondida en su silencio. Sólo esta permanencia suave, interminable, donde tu ause...