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Obvio

  Me gustas en esos momentos en que el viento se detiene y me regala la calma suficiente para perderme en el brillo de tus ojos . Me gustas en ese instante suspendido en que la vida, casi en silencio, me pide ser testigo de tu presencia. Me gustas cuando sonríes, porque algo cambia en el aire y el mundo entero parece inclinarse un poco hacia la luz de tu boca . Pero más me gustas en tus silencios , cuando el tiempo se vuelve lento y entre nosotros queda flotando esa cercanía que no necesita palabras . Ahí… cuando tus ojos descansan en los míos y el instante se queda respirando entre los dos , es cuando más me gustas. Porque por un momento  parece que el mundo se retira y sólo quedamos tú y yo, demasiado cerca para que el tiempo se atreva a avanzar.

Secreto entre ellos

 La ventana estaba entreabierta, y la luna —paciente, antigua— se había detenido justo donde podía verla. No había prisa en sus manos. Solo ese silencio tibio con el que una mujer se reconoce cuando nadie la mira. Las cortinas iban y venían, respirando con la noche, dejando entrever a ratos el movimiento lento de su sombra. La luz le caminó la piel con una suavidad casi intencional.Ella cerró los ojos… y su respiración se volvió más honda. Un temblor leve le cruzó los hombros. La espalda se arqueó apenas, como si respondiera a una caricia hecha de pura claridad. Sus dedos —pacientes ahora— aprendieron el ritmo de su propio pulso. Sin prisa. Sin culpa. La luna no se movió. Y por un instante pareció que toda la noche latía exactamente al mismo tiempo que ella. Cuando el aire volvió a quedarse quieto, las cortinas cayeron despacio, como si también supieran que acababan de presenciar un acto de amor que no necesitaba nombre.

Más de esos

 Uno de esos besos robados, que regresan el alma y hacen perder el aliento, en una mujer de mirada valiente y sonrisa cómplice. Uno de esos besos lentos, que se derriten despacio sobre los labios, en una mujer de piel tibia y paciencia infinita. Uno de esos besos traviesos, que nacen peligrosamente cerca de la risa, en una mujer de ojos curiosos y dulzura inquieta. Uno de esos besos profundos, que silencian al mundo mientras el pulso se acelera, en una mujer de voz suave y fuego discreto. Uno de esos besos inevitables, de los que empiezan como roce… y terminan como incendio, en una mujer de alma libre y ternura peligrosa. Y entonces lo supe, sin ruido: no necesito buscar en otros labios… porque todos esos besos —los que imaginé, los que me faltaban, los que no sabía nombrar— ya los conocí en ti…

Otra versión

 Hoy otra vez fingí que dormía. Llegaste tranquila… tal vez algo volada, con deseos que ya no eran míos, pero aun así llegaste. El alcohol te dio el valor y la costumbre te empujó hasta mi lado, como si mi nombre todavía viviera en tu cuerpo. Vi volar tu ropa sin inhibiciones. Escuché aterrizar tu pudor al borde de mis ganas —ya despiertas, ya rendidas—. Y cuando tu fragancia volvió a tocarme, estiré los brazos despacio… con esa esperanza torpe de que todo fuera un sueño y no esta verdad que me quema. Tu sabor era distinto. Más ajeno. Más peligroso. Tu olor venía de otro camino… pero cuando tus labios encontraron los míos, maldita sea, mi cuerpo te reconoció como si nunca te hubieras ido. Nos tuvimos un rato con los mismos juegos de siempre, pero ya no era igual. Había prisa en tu piel… y hambre en la mía. Nos bebimos los labios con esa sed vieja que no sabe morir, y nos consumimos casi dormidos, casi culpables, casi rotos. Para ti fue solo terminar bien la noche, apagar el fuego d...

Confeso

Confieso que la primera vez que me atreví a hablarte la corriente me traicionó el pulso, un temblor fino corriéndome por la piel como si tu nombre encendiera interruptores secretos debajo de mis dedos. Me sudaban las manos… y no era nervio solamente — era el cuerpo reconociendo la peligrosa dulzura de quererte cerca. Y desde entonces te guardo aquí, en este territorio donde te pienso, donde vuelvo —una y otra vez— al instante en que te tuve apretada contra mi pecho, cuando en mi mente tu boca se abrió sobre la mía lenta… tibia… inevitable, y el mundo, sin pedir permiso, se me desordenó en la sangre. Tal vez todo empezó dentro de mi cabeza — pero te juro que cada vez que te recuerdo así, la electricidad me vuelve a sudar las manos.

Tu mi enfermedad

  Eres esa fiebre lenta que se instala bajo mi costilla  y me desordena el pulso con una dulzura peligrosamente tibia. No busco alivio.  No quiero pastillas que me limpien la sangre  si curarme significa empezar a olvidarte. Prefiero esta temperatura tuya deslizándose por mi piel,  este temblor dócil pronunciando tu nombre en cada latido, esta recaída hermosa que mi cuerpo ya no intenta negar. Porque hay cicatrices —míralas— que respiran cuando te pienso. Marcas tuyas que la historia juraría que no existen,  pero que mi piel reconoce con una precisión que eriza. En esta febrilidad tuya confundo lo vivido  con lo que mi cuerpo te inventa, y aun así no quiero que nadie me salve. Que el pulso se me altere.  Que la memoria me mienta bonito. Que el sudor me devuelva la sombra tibia de tu cercanía. Si amarte es enfermedad, déjame recaer sin remedio. Prefiero arder contigo en la sangre antes que sanar… y empezar a olvidarte.

Verdad de mujer

  En el norte aprendí que el amor no se adorna, que las palabras son pocas y caminan firmes, como manos curtidas que saben recorrer sin temblar. Dicen “quédate” mirándote de frente, y esa voz seca, apenas pronunciada, arde más que cualquier juramento dulce. Hay mujeres que besan como el viento del desierto: directo a la boca, directo al pulso, dejando en la piel una sed que no se apaga fácil. En el sur descubrí que el amor abraza antes de hablar, que la risa se desliza tibia por el cuello y el cuerpo entiende el lenguaje del roce lento. Allá el cariño no pide permiso, se acerca, respira contigo, y cada mirada baja despacio como una caricia anticipada. Sus brazos son casa y tentación al mismo tiempo; uno aprende que el deseo también sabe a fruta madura, y que hay besos que no sólo se dan… se quedan viviendo bajo la piel. Pero en cualquier latitud de México, la mujer mexicana guarda un fuego antiguo en los ojos: firme como montaña, suave como lluvia sobre el pecho. No importa si vi...