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Nos vemos

 No sé cómo despedirme de ti sin que suene a abandono. Te nombro en silencio, como se nombra lo que sostuvo, lo que guardó mi voz cuando no sabía dónde dejarla. Aún respiras en lo cotidiano, en esos gestos pequeños donde cabía todo: las pausas incómodas, las risas que llegaban tarde… pero llegaban. Había algo en tu forma de envolver los días que hacía parecer que siempre habría un después. Fuiste testigo de mis intentos por quedarme. De abrazos que parecían promesas y de despedidas disfrazadas de “nos vemos”. Escuchaste nombres distintos, sentiste latidos que no siempre eran míos, y aun así me sostenías… como si entendieras que uno también se rompe acompañado. Contigo dejé lo más honesto de mí. Ahí no hubo máscaras: solo piel buscando consuelo, miradas que duraban lo que dura la fe, y noches donde el amor y la costumbre se confundían hasta doler. También supiste de mis grietas. De lo que se cae sin hacer ruido, de las preguntas que uno se hace frente a sí mismo cuando todo empieza ...

Más besos

  Empiezo por tus pies, pero ya no con timidez… sino con una necesidad contenida. Mi mano se desliza sobre ellos como si los reclamara, recorriendo cada dedo con una lentitud que provoca, que anticipa. La yema de mis dedos se detiene apenas, presiona lo suficiente para arrancar un suspiro… como si aprendiera tu lenguaje desde el primer contacto. Mis labios llegan después, más decididos. Beso el empeine con calor, dejando que mi aliento se quede ahí, que lo sientas incluso antes del siguiente roce. No hay prisa… pero tampoco inocencia. Mi boca se queda un segundo más de lo necesario, y mi mano ya ha comenzado a subir. Tu tobillo… lo rodeo con firmeza, sintiendo su fragilidad entre mis dedos. Asciendo por tu pantorrilla, despacio, sintiendo cómo tu piel se eriza bajo mi paso. Mi pulgar dibuja líneas que no se repiten, que exploran… mientras mis labios siguen el rastro, más húmedos, más presentes, como si quisieran dejar marca sin dejarla. Cuando llego a tu rodilla, me detengo… no ...

Hola 1.0

 Así, sin conocernos, tuvimos la oportunidad de volar por el cielo. Confiamos el uno en el otro y nos entregamos en un solo vuelo. No había aún coincidencias visibles entre nosotros al principio; sólo latidos solitarios y deseos y suspiros guardados como secretos para quien supiera encontrarlos. Al fin caminábamos solos, pensábamos mucho, seguíamos con lo cotidiano de la vida, con aquello que es necesario para complementar los momentos. Ambos tuvimos vidas pasadas y ganancias presentes. Ambos conocimos y sufrimos el amor, cada quien por su lado, claro, pero eso nos daba un punto a nuestro favor para querer conocernos sin saberlo. Esperábamos aquellas tardes sospechosamente cálidas, en las que nos descubríamos mirando al horizonte, sin saber que, en algún punto, nuestras miradas se encontraban, no para vernos uno al otro, sino para acompañarse y saber juntas hasta dónde llegaban. Sólo faltaba un hola para poder crear una historia; sólo faltaba un susurro convertido en destino para q...

Dudas

  ¿Qué pasa cuando el que habla soy yo y mis palabras no tienen sentido para ti? ¿Qué pasa cuando mis ideas no son como las que tú quieres y terminas ignorándolas? ¿Qué pasa cuando las realidades de ambos no son las mismas, a pesar de que vivimos lo mismo? ¿Qué pasa cuando el corazón se cansa y ya no puede mantener con vida las ideas? ¿Qué pasa cuando muestras tus sentimientos y la persona que está enfrente ni siquiera con palabras los entiende? ¿Qué pasa cuando te cansas de latir por alguien y solo esperas que ese tiempo termine? ¿Qué pasa cuando la razón, la costumbre y la necesidad te hacen quedarte ahí? Y lo peor de todo: ¿qué pasa cuando por fin te haces entender y ella siente y piensa que tú eres el culpable de todo?

Adiós 1.0

Déjame tocar la punta de tus dedos como el último gesto que nos queda entre nosotros. Deja que sea ese puente donde se disuelven los sueños y nacen otras realidades que ya no nos pertenecen. Dame ese segundo, dámelo todo en un instante, dame esa chispa, aunque me consuma, dame ese último respiro tuyo para guardarlo en mi pecho, para poder seguir adelante, para poder vivir un día más, sabiendo que ya no somos uno, que volvimos a ser dos desconocidos.

Mapas

Vamos a empezar por los dedos de tu pie izquierdo y aquella pantorrilla que, aunque delicada, es fuerte, protegida por aquella serpiente que sólo le da vuelta y te mira de frente. Acariciaré poco a poco tus rodillas, subiendo la intensidad, buscando entrada en el laberinto de figuras, de grecas y de estilos. Me encanta quedarme ahí, pero seguiré en mi camino por ese mapa que es tu cuerpo. No me salto nada, pero dejo lo mejor para el final. Me concentro en un ombligo. Se siente también tocar lo que es tuyo, como si cada trazo guardara una historia que sólo mis manos comienzan a entender, que de un lado tiene una mariposa y del otro lado, una flor, aquella dualidad de libertad y belleza que no me dejan respirar tranquilo. Toco los dedos de tus manos. Vamos al mismo tiempo y siento cómo reaccionan al cerrar los puños. Subo poco a poco por tus antebrazos, tus codos, tus hombros y todas las calaveras que hay en tus brazos. Me voltean a ver esas flores que tanto me gusta acariciar, que me de...

Algo que quiero

Quiero que me recuerdes sin palabras,  o que uses aquellas que no recuerdas, esas que desconoces y que, aun así, reflejan la sombra en la que me convertí después de no decirlas. Quiero que me compares con la noche:  fría, solitaria, inmóvil,  pegada a tu piel como un silencio que no se va,  y que entiendas que de este lado  también se siente…  pero aquí el dolor arde lento, como un cuerpo que no encuentra descanso,  y se sufre más de la cuenta. Quiero que me olvides minuto a minuto,  no quiero ser ni un recuerdo.  Quiero convertirme en un viejo suspiro,  de esos que se escapan entre los labios cuando ya no queda nadie,  en un anhelo perdido,  en una sonrisa que tiene miedo. Quiero no ser nada en tu vida,  ni siquiera la huella tibia que deja una noche compartida,  quiero ir gritándolo por todo el mundo. Quiero que tengas esa sonrisa…  esa misma que tenías antes de que yo te dijera: hola, mucho gusto.

Otros deseos

Por qué duelen tanto las palabras cuando llegan sin ser llamadas, cuando irrumpen como ecos que no pediste, por qué esas conversaciones interminables se transforman en heridas que no cierran, en recordatorios de un dolor que jurabas enterrado. La memoria no olvida, acecha. Se queda ahí, suspendida, esperando escuchar lo que ya no existe, aferrada a la ilusión de que todo puede regresar, de que basta una palabra para reconstruir lo perdido… aunque en el fondo sepa que no. Y luego están las otras palabras, las que sí llegan, las que cortan. Las que se clavan y dejan a la memoria temblando, deshecha, y al corazón latiendo fuera de ritmo, como si ya no reconociera su propio pulso. Pero lo más oscuro no es el error, ni siquiera el momento en que lo comprendes. Es el silencio que viene después. Porque entonces descubres que la ausencia de esas palabras, de esas que nunca volverán, no sólo duele… consume.