Otros deseos
Por qué duelen tanto las palabras cuando llegan sin ser llamadas, cuando irrumpen como ecos que no pediste, por qué esas conversaciones interminables se transforman en heridas que no cierran, en recordatorios de un dolor que jurabas enterrado. La memoria no olvida, acecha. Se queda ahí, suspendida, esperando escuchar lo que ya no existe, aferrada a la ilusión de que todo puede regresar, de que basta una palabra para reconstruir lo perdido… aunque en el fondo sepa que no. Y luego están las otras palabras, las que sí llegan, las que cortan. Las que se clavan y dejan a la memoria temblando, deshecha, y al corazón latiendo fuera de ritmo, como si ya no reconociera su propio pulso. Pero lo más oscuro no es el error, ni siquiera el momento en que lo comprendes. Es el silencio que viene después. Porque entonces descubres que la ausencia de esas palabras, de esas que nunca volverán, no sólo duele… consume.