Sus momentos
Aparece con la calma de quien no intenta llamar la atención… y sin embargo lo consigue.
Lleva dos pequeños cristales que descansan frente a sus ojos, como ventanas discretas que afinan su mirada y le dan a su expresión un aire de concentración suave, casi inocente, como si estuviera siempre a medio camino entre una idea y una sonrisa. Detrás de esos claros guardianes de su vista, sus ojos observan con curiosidad tranquila, y cuando se detienen en alguien, lo hacen con una profundidad que desarma.
Su piel guarda pequeñas historias.
Sobre ella viven trazos silenciosos, dibujos que no alzan la voz pero que recorren su brazo, se asoman en la línea de su clavícula y siguen la forma de su cuerpo como si hubieran aprendido el camino de memoria. No la endurecen… al contrario, la vuelven más humana, más cercana, como una mezcla extraña entre rebeldía y ternura.
Hay algo en su forma de moverse.
La manera en que acomoda esos delicados cristales con la yema de los dedos, cómo inclina un poco la cabeza cuando escucha, cómo su silueta se dibuja con suavidad bajo la ropa sin intentar exhibirse. Su cuerpo no busca ser perfecto; sólo existe con una armonía tranquila que invita a mirarlo un segundo más de lo que uno debería.
Y en ese instante ocurre algo curioso.
Porque uno cree estar observando a una mujer real: su piel, su mirada, los dibujos que habitan su cuerpo, esa mezcla peligrosa de inocencia y deseo que parece vivir en ella.
Hasta que parpadea.
Y entiende que mujeres así no suelen aparecer en la vida cotidiana…
sólo en esos lugares secretos donde la imaginación decide crear algo demasiado perfecto para el mundo.
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