Confeso

Confieso que la primera vez que me atreví a hablarte la corriente me traicionó el pulso, un temblor fino corriéndome por la piel como si tu nombre encendiera interruptores secretos debajo de mis dedos.

Me sudaban las manos… y no era nervio solamente — era el cuerpo reconociendo la peligrosa dulzura de quererte cerca.

Y desde entonces te guardo aquí, en este territorio donde te pienso, donde vuelvo —una y otra vez— al instante en que te tuve apretada contra mi pecho, cuando en mi mente tu boca se abrió sobre la mía lenta… tibia… inevitable, y el mundo, sin pedir permiso, se me desordenó en la sangre.

Tal vez todo empezó dentro de mi cabeza — pero te juro que cada vez que te recuerdo así, la electricidad me vuelve a sudar las manos.

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