Nocturno 02
Amaneció otra vez, pero la luz llegó herida, mirando las nubes como si escondieran tu silueta todavía tibia en mi memoria.
Confundo el beso del viento con el perfume de tu aliento y dejo caer, sin miedo, el pudor del desnudo matutino: tu piel extendida como un lienzo prohibido donde mis ojos caminan descalzos.
A la sombra del reflejo eterno del espejo te vuelvo a tatuar con besos, lentos, como si cada marca quisiera quedarse a vivir.
Recorro con la mirada tu cabello, hago pausas con los dedos, desciendo hasta el temblor secreto de tus dedos pequeños, esos que por las noches aprendieron a quedarse quietos mientras el deseo nos muerde despacio.
Así, con furia contenida te beso, con fe ciega te siento, y te encierro en mi mente como se guarda un incendio. Sin preguntar te llevo a mi pasión ardiente, donde tu cabello se mueve al ritmo oscuro de la luna, perdiéndose en el cielo como una promesa que arde.
Y sólo en el mar eterno encuentra su reflejo: dos sombras besándose tímidas por fuera, hambrientas por dentro, esperando que la marea nos devuelva al juego.
La luz del sol se dibuja en tu piel morena como una herida dorada, y con celo reclama que el amor no tiene tiempo, que su tributo es este: devorarnos lentamente hasta que el mundo calle y sólo quede un beso respirando en la oscuridad.
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