Destino 2
Ya pasan los cuarenta y el cuerpo vuelve a hablarle en un idioma que él reconoce. No grita — le susurra con fatiga espesa, con un frío que nace adentro aunque el día esté tibio, con ese hierro leve en la boca al amanecer y el peso invisible en los huesos, como si alguien hubiera movido la gravedad un centímetro. Reconoce el mapa. Ya caminó estas habitaciones blancas, los pasillos que huelen a desvelo, la silla donde el tiempo se sienta a mirarlo. Le cuesta respirar sin pensar en la caída, y aun así se dice quédate, se mantiene de pie: lámpara que parpadea y se niega a apagarse.
Sabe que vendrán días de vidrio y sabor a metal, cabellos rindiéndose en silencio, noches largas como pasillos sin ventanas y el cansancio mordiendo despacio. No hay sorpresa, sólo ese peso antiguo regresando a vivir bajo su piel. Aun así junta cada fragmento de sí como quien recoge vidrio sin sangrar, guarda luz, guarda paciencia, y avanza — oscuro, lento, temblando — repitiéndose que ya volvió del mismo invierno antes, y que su memoria, aunque rota, todavía recuerda el camino hacia la primavera.
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