Duro
La ruptura fue corta en calendario
y eterna en el cuerpo.
Un amor que duró lo suficiente para aprender su temperatura y lo bastante poco para no saber cómo apagarlo.
Desde entonces no duerme sola. Sus demonios se mudaron sin pedir permiso. No traen fuego ni cadenas: traen recuerdos con dientes.
Viven en las esquinas de su cuarto, sentados como huéspedes antiguos. La tristeza le peina el cabello por las noches. El enojo le afila la lengua en silencio. La soledad se acuesta sobre su pecho y le enseña el peso exacto de un corazón que insiste en latir aunque preferiría quedarse quieto.
Cuando alguien le habla, a veces no responde ella. Habla el demonio que guarda la última vez que se tocaron. Habla el que repite su nombre como una oración rota. Habla el que aprendió a sonreír para que nadie sospeche que adentro hay una casa incendiándose despacio.
Con el tiempo dejó de huirles. Aprendió sus horarios, sus hambres, la forma en que respiraban dentro de su pecho. Ya no la arrastran: caminan a su ritmo.
Les puso la mano en la frente como quien calma animales heridos. Entendió que no vinieron a poseerla, sino a hablar en su idioma más profundo. Son suyos. Nacieron del mismo lugar donde ella ama.
Ahora se sientan a sus pies como sombras obedientes. Siguen ahí, pero ya no gobiernan la casa. Ella abre las ventanas. Ella responde cuando le hablan. Ella decide cuándo escucharlos.
Y en ese pacto oscuro hay una paz nueva: porque aceptar sus monstruos fue aceptar la magnitud de su corazón. Y quien sobrevive a un amor así no queda rota — queda inmensa.
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