Siempre ella
La música no se escucha… se respira, se desliza lenta por la piel como un susurro tibio, se enreda en los huesos y ahí construye su templo.
Es un pulso que no pide permiso, una corriente que invade, que toma, que despierta, que te arranca del mundo y te nombra en otro.
Hay notas que rozan como dedos invisibles, que recorren la espalda con precisión sagrada, que se detienen justo donde nace el deseo.
Y entonces ya no eres tú… eres eco, eres vibración, eres carne abierta al sonido.
Cada acorde es un idioma distinto, una puerta que se abre hacia universos paralelos, donde el tiempo se diluye y el alma se reconoce.
Puedes perderte en un ritmo lento, dejar que te envuelva como un abrazo necesario, como si el silencio ya no fuera suficiente para existir.
Porque la música no es compañía… es hambre, es sed, es esa urgencia que te habita cuando el mundo calla.
Se vuelve necesidad, un estado puro de felicidad que no se explica, que se siente en lo más profundo, donde no llegan las palabras.
Y ahí, en esa comunión invisible, entre tú y cada nota que te toca, descubres que no estás solo… que siempre hubo algo latiendo contigo.
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