Más besos

 Hay besos que no comienzan en la boca, sino en la intuición.

El primero apenas roza la sien, pero esta vez no es sólo un permiso… es una promesa. Los labios se detienen un instante más, dejando que el calor se quede suspendido sobre su piel. Su respiración se vuelve más lenta, más consciente, como si algo dentro de ella comenzara a inclinarse hacia ese contacto.

Después desciende hacia el cuello, donde la piel ya no sólo escucha… responde. El beso se posa con una suavidad engañosa, porque debajo de esa delicadeza hay intención. Se queda, se desliza apenas, lo suficiente para provocar un leve estremecimiento que ella no intenta ocultar. Su cabeza cede un poco, ofreciéndose sin darse cuenta.

El tercero encuentra su lugar en la clavícula, y ahí la pausa se vuelve más profunda. Los labios presionan con una firmeza sutil, como si quisieran dejar huella sin necesidad de fuerza. Su piel se eriza lentamente, y su cuerpo comienza a hablar en un lenguaje distinto… uno que no necesita palabras, sólo continuidad.

Luego, el beso se acerca al oído, pero no lo toca de inmediato. Se queda en el borde, jugando con la cercanía, dejando que el aliento haga primero lo suyo. Es un roce que no termina de concretarse, y justo por eso, enciende. Ella siente cómo un escalofrío la atraviesa, más lento, más denso… más íntimo.

Y entonces, finalmente, la boca.

No llega con prisa. Llega sabiendo que ya ha recorrido todo lo necesario. Se encuentra con la de ella en un instante que no pide permiso, pero tampoco invade… se ajusta. Es un beso que comienza suave, pero que guarda dentro una tensión contenida, como si cada segundo anterior estuviera empujando desde atrás. Y cuando se profundiza, no es sólo el contacto… es la certeza de que ambos ya cruzaron ese umbral del que no se regresa igual.


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