Secreto entre ellos

 La ventana estaba entreabierta, y la luna —paciente, antigua— se había detenido justo donde podía verla. No había prisa en sus manos. Solo ese silencio tibio con el que una mujer se reconoce cuando nadie la mira.

Las cortinas iban y venían, respirando con la noche, dejando entrever a ratos el movimiento lento de su sombra.

La luz le caminó la piel con una suavidad casi intencional.Ella cerró los ojos… y su respiración se volvió más honda. Un temblor leve le cruzó los hombros. La espalda se arqueó apenas, como si respondiera a una caricia hecha de pura claridad.

Sus dedos —pacientes ahora— aprendieron el ritmo de su propio pulso. Sin prisa. Sin culpa. La luna no se movió.

Y por un instante pareció que toda la noche latía exactamente al mismo tiempo que ella. Cuando el aire volvió a quedarse quieto, las cortinas cayeron despacio, como si también supieran que acababan de presenciar un acto de amor que no necesitaba nombre.

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