Gustos cósmicos
Se miraron como dos cuerpos celestes que aún no entienden su propia órbita… cercanos, pero contenidos, como si una fuerza invisible —quizá su propia gravedad— decidiera cuándo comenzar el viaje.
Sus manos fueron cometas tímidos, rozando apenas la atmósfera del otro, dejando una estela suave, luminosa… casi temblorosa.
No había prisa, sólo esa sensación de estar entrando en un sistema nuevo, como quien descubre por primera vez los anillos de Saturno, sin saber si tocarlos o simplemente admirarlos.
Sus respiraciones se alinearon como planetas en conjunción, y en ese instante breve, infinito, todo pareció detenerse… como si el tiempo, ese viejo astrónomo, quisiera observar también.
Y entonces, sin palabras, ocurrió el primer eclipse: uno cubriendo la luz del otro, no para apagarla, sino para sentirla más cerca… más profunda.
Fue un inicio pequeño, casi imperceptible, pero en su interior… ya ardía como una estrella recién nacida.
Comentarios