Mejor

 Cuando se acabaron las lágrimas, tuve el valor de preguntar qué fue lo que pasó.

Te quedaste en silencio, un silencio largo, denso, pensando tu respuesta, y después de unos minutos dijiste: nada, no pasó nada, como si esas palabras bastaran, sin darme tiempo de reaccionar.

Me perdí en mis pensamientos, aferrada al ritmo de mis latidos, pero aún quería saber qué pasaba. Te miré y me negaste con la cabeza, evitando mis ojos. Entonces, de tu boca sólo salió:

Eres un desastre adictivo, eres un mal necesario, eres todo lo que soñé desde pequeña, pero eso es demasiado para mí.

No sé cómo reaccioné, no sé qué fue lo que dije; sentí cómo esas palabras se clavaban una a una, y sólo me sumergí en la oscuridad de un pensamiento, en el eco de tu voz, y en el deseo imposible de entender tus palabras, sabiendo que, al hacerlo, algo en mí ya no volvería a ser igual.

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