Verdad de mujer
En el norte aprendí que el amor no se adorna, que las palabras son pocas y caminan firmes, como manos curtidas que saben recorrer sin temblar. Dicen “quédate” mirándote de frente, y esa voz seca, apenas pronunciada, arde más que cualquier juramento dulce. Hay mujeres que besan como el viento del desierto: directo a la boca, directo al pulso, dejando en la piel una sed que no se apaga fácil.
En el sur descubrí que el amor abraza antes de hablar, que la risa se desliza tibia por el cuello y el cuerpo entiende el lenguaje del roce lento. Allá el cariño no pide permiso, se acerca, respira contigo, y cada mirada baja despacio como una caricia anticipada. Sus brazos son casa y tentación al mismo tiempo; uno aprende que el deseo también sabe a fruta madura, y que hay besos que no sólo se dan… se quedan viviendo bajo la piel.
Pero en cualquier latitud de México, la mujer mexicana guarda un fuego antiguo en los ojos: firme como montaña, suave como lluvia sobre el pecho. No importa si viene del polvo del norte o del verde profundo del sur— su belleza no es paisaje, es presencia; no es acento, es carácter; no es región, es destino.
Y quien ha tenido el privilegio de amarla lo sabe: no se conquista a una mujer mexicana, se le honra, se le escucha, se le merece. Porque cuando ella elige quedarse, no sólo te ama— te enseña lo que significa arder sin consumirse, y entonces entiendes que no hay hombre en el mundo que no desearía caminar la vida al lado de una mujer mexicana.
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